divendres, 12 de novembre del 2010

El principio del comienzo. (Adrik Janssen)

Ocho y media de la mañana. Aparentemente, un Martes como cualquier otro. Los estudiantes de ese maldito instituto el cual Adrik odiaba tanto, se apresuraban por entrar y lo llegar tarde a clase, en cambio, él, cómo siempre y sin excepciones volvía a llegar tarde.
Adrik era un muchacho de unos diecisiete años, a simple vista, un adolescente normal. Tenía unos brillantes ojos grises y un cabello negro que era digno de acariciar de lo suave que era, aunque Adrik tenía la costumbre de peinárselo hacia arriba, cosa que hacía perder toda aquella suavidad. Estaba bastante delgado y eso para su madre suponía un problema. Creía que su hijo padecía de anorexia, pero realmente era su constitución ósea y tampoco estaba tan exageradamente escuchimizado.
En la vida de Adrik sólo importaban dos cosas: la música y la fotografía. Lo demás le importaba cincuenta pepinillos. Estudiaba, sí, como la mayoría de los mortales en estos tiempos, le gustaba, sí, pero no quería dedicarse a nada que no fuese o fotógrafo o músico. Y si algo caracterizaba a Adrik era que era muy cabezota y, hasta que no lo consiguiera, no dejaría de intentarlo. Pasase lo que pasase. Costase lo que costase.
Al entrar por la puerta, el profesor van Dyke, el de Química, volvió a regañarle, otra vez, por la misma razón de siempre. Pero la puntualidad no era la mayor virtud de Adrik.
El día pasó como un Martes normal, clases, clases y más clases. Aún no era capaz de entender por qué había elegido hacer Bachillerato y más aún, el Científico.
Parece que el rumbo del día se torció hacia unas tierras más interesantes cuándo recibió un e-mail mientras redactaba el informe que le había mandado Robert van Dyke, su más odiado profesor.


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